Magnolia by Nieves Hidalgo

Magnolia by Nieves Hidalgo

Author:Nieves Hidalgo
Language: es
Format: mobi
Tags: prose_contemporary
ISBN: 9788408108429
Published: 2012-01-21T11:35:44.062686+00:00


* * *

Comenzaba a ponerse nervioso.

Vivir bajo el mismo techo que Magnolia estaba acabando con su control. La seguía como un lobo cuando trajinaba por la casa, ayudando a la señora Merritt en la limpieza, o se dedicaba a cuidar los rosales, cuando paseaba absorbida por pensamientos que Mark hubiera querido descifrar. Ella sólo se había ausentado de la mansión una vez, cuando él acabó de dibujar su autorretrato, bastante mediocre por cierto, puesto que no le interesaba que lo reconocieran. Magnolia había contemplado el dibujo con atención y alzado sus perfectas cejas en un gesto de sorna.

—Creí entender que sabía usted dibujar.

—Al menos, lo suficiente.

—Hasta un niño hubiera hecho un retrato mejor que éste. No se le parece en nada.

—Lo siento, es lo mejor que me ha salido. —Señaló con la barbilla el montón de folios arrugados en la papelera.

Por si trataba de burlarse, ella cogió las hojas y las estiró sobre la mesa para examinarlas.

—Son horribles.

—¿Verdad que sí? Es extraño, recuerdo que me gustaba dibujar.

—Que a uno le guste es una cosa, pero que sepa hacerlo, otra muy distinta. Es posible que entienda de caballos, Mark, pero desde luego no está hecho para el carboncillo.

De todas formas, había metido el retrato en una carpeta y se lo había llevado para insertar un anuncio en el primer diario que saliera. Al regresar, parecía satisfecha, como si acabaran de quitarle un peso de encima. No era para menos; si alguien conseguía reconocer su rostro —cosa que Mark dudaba—, se libraría de él. Pensar que Magnolia tenía como principal objetivo deshacerse de su presencia calentó su ánimo. ¿Qué esperaba, que cayera rendida en sus brazos cuando apenas lo conocía, cuando no sabía nada respecto a él? ¿Que cediera así, sin más, a sus galanteos y le confesara el lugar donde guardaba la jodida lista? Sabía que tenía dotes para la seducción, pero no era tan idiota como para suponer que en tan poco tiempo podía conquistar a aquella mujer. No a ella. Magnolia ya había demostrado que era una persona de idas fijas; de otro modo, no habría consentido en meterlo en su casa cuando la propia señora Merritt había puesto mil y una pegas, según ella misma le había contado.

Para no revelar su estado de ánimo se marchó a los establos, donde podría cepillar a los caballos, tarea que le gustaba llevar a cabo cuando acababa sus cabalgadas. Lo relajaba y lo ayudaba a no pensar en nada. Ya se veía volviendo a registrar esa noche la casa, porque si pensaba sacarle el secreto a Magnolia, iba listo.

Un ligero frufrú de tela lo hizo volverse.

La mujer que le estaba quitando el sueño —sí, se lo estaba quitando, cuando nunca pensó que eso pudiera pasarle a él, sentirse como un estúpido que babeaba tras sus pasos —lo miraba con una media sonrisa. Se había cambiado de vestido y ahora llevaba uno más sencillo que el que se había puesto para ir a la ciudad, de un tono aguamarina que contrastaba maravillosamente con su piel y sus ojos, pero tan modesto como los otros.



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